Menu
RSS

btedicion

"La pobreza verdadera" solo aceptar la realidad permite corregirla

04 villa 31VFN - Dato espeluznante. Ocultado durante los últimos años del kirchnerismo y ampliado en los primeros nueve meses del gobierno de Cambiemos. La Argentina, el otrora granero del mundo y la tierra de las oportunidades, cuenta con casi un tercio de su población por debajo de la línea de pobreza.

Ahora, al menos, se conoce. Y conocer la realidad es el punto de partida necesario para iniciar un proceso de recuperación.

Cierto es que no hacía falta el dato para establecer que la pobreza resultaba muy superior al 4,7 por ciento que mintió –cuándo no- por última vez la banda Moreno-Kicillof que destruyó el INDEC. O que la Argentina contaba con mucho más pobres que Alemania para contradecir el increíble caradurismo de Aníbal Fernández.

Bastaba con recorrer las calles de las grandes ciudades y contabilizar la cantidad de personas sin techo que descansan en un colchón tirado en alguna vereda. Bastaba con reparar en las “villas” que pululan por el Gran Buenos Aires o el Gran Córdoba o el Gran Rosario.

El presidente Mauricio Macri aceptó que se mida a su gobierno por la reducción o no del tenor de la pobreza. Para algunos, fue un acto de coraje. Para otros, fue una apuesta con resultado casi seguro dada la gravedad del porcentaje. Para los menos, fue una señal de alerta ante un eventual mal resultado.

En todo caso, el coraje que tuvo el presidente Macri no consiste en demostrar su confianza por el futuro. Es casi natural que así lo haga. El coraje radicó en difundir la verdad. “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Agosto fue, de lejos, el peor mes desde que el gobierno de Cambiemos sucedió al desgobierno K.

Cayeron los grandes indicadores: el de la producción, el de la industria, el del empleo, el del consumo.

Pero no todas las cuentas dieron mal. La inflación fue prácticamente inexistente, la cosecha fina confirmó su expectativa de record, las ventas de insumos agropecuarios crecieron en todos los rubros.

Obviamente, la pobreza no va a caer de un día para el otro. Hasta aquí, según cálculos no oficiales, no solo no decayó sino que incrementó la población afectada en 1.400.000 personas.

En síntesis, y para dejar atrás una discusión que no resiste análisis: en su parcial sinceramiento de la economía, el gobierno de Cambiemos sumó 1,4 millones de pobres a los 13 millones que dejó el kirchnerismo cuando entregó el poder.

Por supuesto que cualquier paliativo a la pobreza y a su fase más crítica, la indigencia, no resuelve el problema. Ni siquiera cuando la administración de ese paliativo no quede en manos corruptas.

El problema solo se resuelve con ocupación. Con altos niveles de producción –para el mercado interno o para la exportación- y con inversiones. Cualquier otra receta es mentirosa. Y efímera.

Complejo

El gobierno de Cambiemos convive con un complejo al que podemos bautizar como legislativo.

No es del todo desacertado. Al menos, es comprensible. En las elecciones pasadas, el gobierno ganó por escasísimo margen la presidencia de la República. Dicho sea de paso, no son pocos quienes afirman que el reconocimiento del triunfo por parte del perdedor Scioli fue a cambio de un “retoque” en los porcentajes finales.

Previamente, el 26 de octubre quedó en claro que el futuro gobierno del presidente Macri no contaría con mayoría en ninguna de las dos cámaras legislativas. De las 257 diputaciones, el gobierno contabiliza 87. En el Senado, de un total de 72 bancas, el gobierno suma solo 17.

El simple recuento llevó al gobierno de Cambiemos a trabajar en una estrategia de acuerdos que coronó con éxito en varios casos como la aprobación del convenio con los holdouts o el blanqueo, por solo citar dos.

Pero la experiencia legislativa no pareció trasladarse hacia otros ámbitos de la sociedad. No fue el único, pero sí el más paradigmático, resultó el caso de las tarifas de gas domiciliario y electricidad.

Allí, el gobierno operó en soledad. Tal vez porque quiso ganar tiempo, tal vez por inexperiencia o soberbia política. Lo cierto es que no solo no ganó tiempo, sino que lo perdió y que debió hacer cuanto intentó no hacer al principio: las audiencias públicas.

Ahora al presidente y a sus ministros no les queda otra que dialogar. Y, en las actuales condiciones, dialogar representa ceder. No, necesariamente, en todo. Sí, en parte.

El caso de la CGT es sintomático. No son los trabajadores en relación de dependencia formal quienes integran el porcentaje de pobres “blanqueado”. Al menos, no la mayor parte de ellos.

Pero, la CGT exhibe dos razones de peso que la obligan a “apretar las clavijas” del gobierno. Por un lado, la promesa incumplida del propio gobierno en materia de la elevación del monto mínimo no imponible para el pago de Impuesto a las Ganancias. Por el otro, la eventual competencia de la CTA que agrupa casi con exclusividad a los gremios estatales.

Siempre, inevitablemente, cuando la economía funciona mal, en cualquier sociedad se verifica una puja por el ingreso. Es la “torta” que se achica y todos pretenden, cuando menos, conservar el peso de su porción.

La voracidad kirchnerista en materia fiscal llevó al atraso de la actualización de los mínimos no imponibles frente al crecimiento de la inflación. El candidato Mauricio Macri prometió, en campaña, modificar este comportamiento perverso. Solo cumplió en una mínima medida.

La situación fiscal del país, agravada por la continuidad de los subsidios energéticos y por la superpoblación de personal del Estado, llevó a postergar la adecuación de las escalas para el Impuesto a las Ganancias, a fin de no incrementar el déficit de presupuesto.

Esa promesa incumplida dejó a los capitostes de la CGT con la sensación de hacer los deberes a cambio de nada. Sensación que se agravó cuando la movilización de las dos centrales de la CTA resultó exitosa.

De allí el endurecimiento. El llamado a un paro general aunque sin fecha, el acercamiento con las CTA y los llamados “movimientos sociales” y el pedido de reapertura de las negociaciones paritarias.

Esta vez el gobierno reaccionó con presteza. Aprehendida la lección de las tarifas, no dejó que la sangre llegase al río.

No reabrirá las paritarias. De haberlo hecho, hubiese aparecido como vencido. Pero, no percibirá Impuesto a las Ganancias sobre el medio aguinaldo y sancionará un “bono” de fin de año consistente en una suma fija.

Paliativo sí, pero negociado a tiempo. Porque no son pocos en Cambiemos quienes miran con recelo el fin de año, tiempo de desmanes y saqueos.

Intendentes

Ese tiempo de fin de año resulta un hito a superar. La situación social, con un tercio de la población por debajo de la línea de pobreza refleja una eventual conflictividad a tener muy en cuenta.

Si a ello se agrega la movilidad kirchnerista que precisa del conflicto para frenar investigaciones, citaciones y posibles juicios sobre su accionar delictivo, el escenario resulta altamente volátil.

De allí, la negociación con la CGT y de allí la convocatoria a intendentes de todo el país, pero con un ojo puesto en el Gran Buenos Aires.

Nadie ignora la participación en los disturbios que llevaron a la renuncia de Fernando de la Rúa, de algunos intendentes del Gran Buenos Aires, en particular el destronado jefe comunal de Moreno, Hugo West.

Se trata de limitar al máximo dicho peligro. De allí la convocatoria a los intendentes que llevó a cabo el presidente, sin la presencia de los gobernadores, algo que fue visto como una continuidad de las malas prácticas del gobierno anterior.

En parte fue así y en parte no lo fue. Porque en la lógica del gobierno, buen gobierno es obra pública y en dicha materia, la administración no discrimina entre municipios “amigos” y de los otros, como así diferenciaba el kirchnerismo.

De allí que gran parte de los presentes en el encuentro de Tecnópolis fueron intendentes justicialistas. Algunos de ellos provenientes del Gran Buenos Aires y no pocos enrolados en posiciones críticas frente al gobierno de Cambiemos

El cálculo redondeado de asistentes fue de 1.800 jefes comunales sobre un total de 2400 –también redondeado- que cubren la geografía del país. Una convocatoria, sin lugar a dudas, exitosa.

Pero, además, la convocatoria no estuvo exenta de cálculo político. Muchos de los presentes provienen de partidos vecinalistas que, por sus características, exhiben proximidad con el gobierno de turno.

Allí, más allá de cualquier desmentida, opera Cambiemos. Sino en la cooptación lisa y llana, al menos en un apoyo para las legislativas del año próximo. Legislativas a las que aspira llegar con alguna pata peronista dentro del colectivo.

Y es que la elección del año próximo es calificada de crucial. Dada la renovación por mitades de las Cámaras legislativas y de los Consejos Deliberantes, Cambiemos debe ganar dos elecciones seguidas para cambiar la composición de las asambleas. Ya sea para alcanzar la mayoría o, al menos, para resultar una minoría de importancia. Ganó una, debe ganar otra.

Excepción hecha, claro está, del Senado de la Nación donde se requiere de un triunfo en tres elecciones continuas.

Con todo, la seducción de intendentes no parece ser el camino más adecuado para ganar una elección. La percepción de la ciudadanía frente al gobierno es el origen del voto. Sea o no la correcta.

Los K

Cristina Kirchner, según las encuestas, conserva un caudal de votos eventuales que lejos está de entrar en la categoría de testimonial.

Por el contrario, una cuarta parte del electorado aún cree en ella.

A esta altura del partido, no queda otra que calificar a esa cuarta parte, al menos, como satisfecha con un gobierno que superó todos los límites reconocidos en materia de corrupción.

Las motivaciones pueden ser distintas, pero la moral es la misma. Valores como la honestidad y la decencia no la conmueven. No se trata ya –dejémonos de pavadas- del discurso progresista desmentido a cada paso por un comportamiento populista.

No se trata, pues de inmoralidad, sino de amoralidad.

Pero no son lo k locales quienes se llevan el galardón de la amoralidad. Los De Vido, los Boudou, los Aníbal Fernández, los José Báez, los Cristóbal López y tantos otros, al lado de estos aprendices de delincuente, no están solos.

Los acompañan los gobiernos “bolivarianos”, con expreso perdón hacia el Libertador Simón Bolívar. Allí sacan turno por parecerse a los Kirchner, los cómplices de Nicolás Maduro y los de Daniel Ortega. Todos ellos discípulos del golpista Hugo Chávez y del ultraconservador religioso y racista Mahmud Ahmadinejad.

Desde una posición algo más respetable eran ubicables dentro de ese conglomerado los mandatarios Rafael Caldera, de Ecuador y Evo Morles, de Bolivia. Ya Correa mostró la hilacha cuando hizo votar una constitución que le asegura la posibilidad de reelecciones indefinidas. Morales hizo lo propio.

Pero ahora Correa no encontró mejor propuesta que hacer que sus legisladores en el Congreso condecoren a… Cristina Kirchner.

Obviamente, no se trata de una condecoración a la delincuencia en el Estado, al menos no es eso cuanto establece la ley respectiva.

Queda clara la línea divisoria entre la alicaída tropa populista de la mal llamada América Latina y la de los gobiernos que creen en la libertad, que apuestan a la producción y que estimulan la creación de puestos de trabajo genuinos.

Francisco

El Papa informó que no vendrá a la Argentina durante el presente, ni en el siguiente año. Por supuesto, que el Papa tiene la libertad y el derecho de venir cuando le venga en gana o de no hacerlo nunca. Es su decisión y es sumamente respetable.

Al momento está en la República de Georgia donde no le fue bien, ya que la mayoría de los georgianos decidió no asistir a la misa papal en un estadio donde solo confluyeron 3.000 personas que contrastaron con la capacidad para 27.000 que augura el lugar.

Conviene aclarar que la inmensa mayoría de la población georgiana profesa la fe cristiana ortodoxa y reconoce al patriarcado de Moscú como autoridad máxima.

El Papa puso como excusa sus proyectados viajes al Asia y al África y decidió entonces comunicarse vía grabación televisiva con el país que lo vio nacer.

La interpretación sobre la “ausencia” muestra dos vertientes. La negativa resulta de la consabida antipatía del pontífice por el gobierno de Cambiemos. La positiva indica que, precisamente por ello, el Papa se abstiene de visitar sus “pagos”.

¿Qué dice la historia? Que la mayoría de los papas fueron italianos. Que el papa polaco, Karol Wojtyla, tardó solo ocho meses, cuando fue ungido pontífice, para visitar Polonia. Que al papa alemán, Joseph Ratzinger, le llevó aún menos, cuatro meses, para pisar suelo alemán una vez coronado.

No dice nada y dice todo.

Luis Domenianni

SUPLEMENTOS

MAS NOTICIAS

CONECTAR CON VISION FEDERAL

  • Facebook
  • Twitter
  • Google +
  • RSS
  • Emails Newsletters
  • YouTube