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La ley de Ganancias hizo temblar al Gobierno, mientras los K "No contaban con Odebrecht"

1343 mm sindicalistas olivosVFN - La batalla por el Impuesto a las Ganancias transcurrió y finalizó con varios desnudos simultáneos. Cada uno de esos desnudos exhibió diferencias, en parte de formas, pero sobre todo de fondo, y para el kirchnerismo apareció un inesperado fantasma, el de Odebrecht que “coimeaba” a gran parte de los gobernantes de la región y del África de habla portuguesa.

Para el gobierno, el desnudo quedó dividido en dos secuencias. Por la primera demostró impericia política en un nivel alarmante. Por la segunda, mostró que fue posible encarrilar las cosas cuando decidió actuar con coraje.

Lo primero, la impericia, se repite en demasía. Lo segundo fue un soplo de aire fresco, elemento que de momento no abunda.

Nadie ignora que la secuencia que desarrolló el gobierno frente al tema fue una película de terror que solo finalizó con el citado rapto de coraje.

Enviar un proyecto de ley al Congreso sobre un tema tan sensible como los descuentos a los trabajadores en relación de dependencia por el Impuesto a las Ganancias, sin previo acuerdo con, al menos, una parte mayoritaria de la oposición y con los sindicatos, supera la temeridad y se asemeja a la inconciencia.

No operan allí las redes sociales, ni el diálogo directo, sino los factores de poder con los que hay que negociar, más aún cuando no se cuenta con mayorías legislativas propias.

Vale la pena recordar otras impericias del gobierno.

La de la designación de los jueces de la Suprema Corte por decreto presidencial, para finalmente dar marcha atrás y acatar la regla constitucional de los nombramientos tras los acuerdos senatoriales.

La de la elusión de las audiencias públicas para los incrementos de las tarifas de luz y gas. Finalmente debieron hacerse y la consecuencia, entre otras, fue que los aumentos resultaron absolutamente insuficientes para evitar dejar atrás los subsidios del kirchnerismo.

La del protocolo “antipiquetes” que jamás se puso en práctica y que motiva la sorna y el enojo de quienes se ven impedidos de circular, en particular por la ciudad de Buenos Aires, con el agravante del reparto de fondos públicos entre las organizaciones “sociales” min entras los cortes de calles continúan.

La de la tardanza en resolver la situación de los jueces K mediante la paralización del funcionamiento del Consejo de la Magistratura que determina que ninguno de los corruptos del gobierno anterior haya sido sometido a juicio, con la recientísima excepción de Milagro Sala.

La de la reforma política que resultó sepultada por el peronismo feudal de algunas provincias cuando el gobierno cayó en la ingenuidad de creer que negociaba con políticos éticos.

Sí, claro, es bueno reconocer errores y enmendarlos. Solo que siempre existe la posibilidad de evitarlos.

Con todo, esta vez, la de Ganancias, el gobierno demostró carácter. Tarde, pero carácter al fin. Y más vale tarde que nunca.

Tras la increíble pifia –increíble por lo grave, no por lo repetida- de la vicepresidente Gabriela Michetti que acorraló al gobierno a cargar con todo el peso de un veto presidencial, el presidente Macri optó por tomar el toro por las astas.

Los costos lo iban a pagar los gobiernos provinciales que pretendiesen mirar para otro lado a la hora de votar en el Senado.

No hizo falta más, el peronismo que gobierna provincias y municipios rápidamente entendió el mensaje y se hizo cargo.

El producto final fue una ley que recarga el costo fiscal pero lejos, muy lejos del irrealista proyecto conjunto del massismo y el kirchnerismo.

Los tres peronismos

Como nunca el peronismo dejó al desnudo su balcanización.

Empezó todo al revés. Fue con el oportunismo que le suele ser común cuando el peronismo olfatea poder.

Entonces, sin pruritos, ni sonrojos, el massismo y el kirchnerismo se juntaron para jaquear al gobierno con una demagógica reforma del Impuesto a las Ganancias que lisa y llanamente desfinanciaba al Estado. En otras palabras, que nos devolvía la hiperinflación.

Que los k intenten un incendio generalizado a nadie llama la atención. En cambio, el oportunismo de Massa fue tan extremo que resultó cruel.

Massa reafirmó que es atrevido, oportunista, ansioso, desmedido, irresponsable y no confiable. Para el gobierno. Para quienes lo secundan. Y, sobre todo, para la ciudadanía. Pasó de la nada al todo o viceversa sin solución de continuidad.

A su lado, se alinearon los K, con Máximo Kirchner como poder y con Axel Kicillof como “técnico”.

Si miles de personas de ingresos medios pagan impuesto a las Ganancias, se debe a que el tándem Cristina Kirchner-Kicillof mantuvo inalterados, pese a la creciente inflación, durante años los mínimos no imponibles.

Con un cinismo propio de quienes abjuran de la ética. Kicillof y los suyos planteaban ahora una actualización desmedida. Quienes vaciaban los bolsillos de los trabajadores en blanco cuando estaban en el gobierno, ahora buscaban lo contrario. La cara por demás dura.

En el medio de tanto oportunismo y cinismo se alzó la figura del senador por Río Negro, Miguel Angel Pichetto. No fue una excepción, solo que su amnesia temporal resultó útil, muy útil para recuperar la sensatez.

Es Pichetto, sin dudas, el peronista que la “tiene más clara”. Es quién no rifa poder. Y ahora poder, dentro del peronismo, significa gobernadores y CGT. El resto es pura “cháchara”.

Fue el quién enderezó la situación. Había que votar, no vetar. Y había que votar bien. Con una relativa actualización de los mínimos que no alterara en demasía el ya abultado déficit fiscal.

Y así se hizo. El gobierno respiró aliviado, aunque el gasto público continúa creciendo. El peronismo del poder ganó espacios. El massismo quedó en evidencia y el kirchnerismo avanzò en su camino de sectarización.

Corrupción

Es el punto donde la mayoría del país converge. Y es el mejor y mayor argumento de Cambiemos para ganar las elecciones del año próximo.

Es que, a esta altura, ya nadie duda que kirchnerismo y corrupción resultan sinónimos. Cuando lo expresábamos hace ya dos lustros, eran pocos, muy pocos, quienes compartían el concepto. Hoy son pocos quienes no lo comparten.

El último episodio de esta zaga interminable de desfalcos al Estado y a la confianza pública viene de Brasil. De la empresa constructora y petroquímica Oderbrecht, la tercera por tamaño del mundo en el primero de los rubros.

Odebrecht “coimeaba” a gran parte de los gobernantes de la región y del África de habla portuguesa.

Por supuesto que su mayor centro de negocios impresentables estaba en Brasil, en su lugar de origen. Allí, el expresidente Lula no paraba de fotografiarse con los ejecutivos de la empresa, en particular con el hijo del fundador, hoy preso en Brasil.

En la Argentina, el pago de “coimas” totalizó, al menos hasta aquí confiesa la propia dirección de la empresa, 35 millones de dólares. ¿Quién los cobró? Pregunta del millón.

Seguro que no fue la oposición de aquel entonces. Nadie paga a la oposición. Las coimas sirvieron para que la empresa resultara adjudicataria de ocho millonarias licitaciones entre el 2005 y el 2013. Justo, los años felices de los k. Entre esas adjudicaciones figura el soterramiento del ferrocarril Sarmiento, obtenida en el año 2013.

Obviamente no fue la justicia argentina la que destapó el asunto. Fue la “imperialista” justicia de los Estados Unidos, junto con la de Suiza y la de Brasil.

¿Cuál fue la respuesta de la justicia argentina? Hasta ahora, una investigación, con embargo de bienes, con un primo de Néstor Kirchner, de nombre Carlos. Obvio, todo queda en familia.

Este muchacho, Carlos, como todos los Kirchner exhibe un crecimiento patrimonial exponencial y todo lo hizo con una pequeña pinturería –venta de pinturas- de Río Gallegos. Sí, no hay dudas, existe gente sumamente exitosa, aun vendiendo pinturas.

¿Qué cargo desempeñaba? ¡Bingo! Adivinó… Subsecretario de Coordinación de Obras Públicas. Cargo que antes de Carlos Kirchner, no existía. Y ¿Quién era su superior? ¡Doble bingo! Adivinó también: el ex ministro y actual diputado Julio De Vido.

¡Cuánta voracidad!

Sala

Pero el relato es el relato. Sobre todo si de discriminación positiva se habla.

La peor categoría de ciudadanos que intentan “escalafonar”–y lo logran bastante- todos los populistas disfrazados de progresistas –aunque los únicos que progresan sean ellos- es la de hombres adultos con orientación heterosexual.

Es lo peor de lo peor. Solo merecen trabajar mucho y pagar muchísimos más impuestos para constituir la base de sustentación del resto.

Un escalón más arriba se ubican las mujeres adultas también con orientación heterosexual, a las que se les obliga a trabajar igual que a los hombres, pagar impuestos como ellos, pero a las que se las reivindica políticamente con el cupo en las listas de representantes. Ayer, un tercio; hoy, la mitad; mañana, Dios dirá.

Sí claro, es el “engañapichanga” para la continuidad política familiar. Se trata del cupo para la esposa del…. O la hija de…. O la hermana del…. Más aún a medida que se limitan las reelecciones. Bueno, todo el mundo sabe que hecha la ley, hecha la trampa.

Ya si la orientación sexual es otra, trans, gay, lesbiana o lo que fuese, aumenta un peldaño en la escala de la discriminación positiva. Entonces, ya es factible cortar calles y hasta pedir subsidios porque se trata de “minorías a las que no se le reconocen los derechos” ¿Y el “matrimonio igualitario”? Eso fue hace mucho.

Ni que hablar si se es “villero”, “piquetero” o miembro de alguna “organización social”. Entonces estamos para todo. O mejor dicho, para recibir y recibir y recibir, a cambio de… nada. NI siquiera de no cortar más las calles.

No se trata no solo de no trabajar, sino de impedir además que otros lo hagan. Las víctimas perderán presentismos y premios por productividad, pero eso sí, a pagar religiosamente los impuestos para atender los miles de planes que el Estado acuerda repartir con las dirigencias del “piquete”… que les impide ir a trabajar.

Pero si además de todo, y con independencia de la orientación sexual, se es morocha y colla –nótese el empleo del femenino- entonces no solo es posible violar la ley, amenazar, dar palizas, amedrentar, apropiarse de dinero público, etcétera, etcétera, sino que se asegura una impunidad absoluta porque, cualquier otra cosa, significa violar los derechos humanos de la morocha y colla que solo violó la ley, que solo amenazó, que solo amedrentó, que solo repartió palizas y que solo se apropió de dinero público.

Y como si eso fuese poco. Aparecen una serie de energúmenos que cobran sueldos del erario público a más de mil kilómetros de distancia de Jujuy para provocar a la policía jujeña y luego, tan cobardes como siempre, victimarse porque recibieron un coscorrón.

No. No la juzgan por negra, ni por colla, sino por “chorra”.

Aerolíneas

Quizás el ejemplo más claro de dos verdades de Perogrullo.

La primera, no se puede acordar con los K. No persiguen otro objetivo que su propio beneficio. La segunda, no se debe convertir quién los debe enfrentar en su vocero.

Digámoslo con todas las letras: difícilmente Aerolíneas Argentinas logre ser una empresa rentable sino reduce considerablemente sus costos de funcionamiento. En particular, el costo de aguantar a 800 militantes k que solo se dedican a alentar huelgas y a procurar un mal funcionamiento de la empresa.

Dicen algunos que los países serios cuentan siempre con una línea de bandera. No es así. No la posee Estados Unidos, ni Canadá. Bélgica y Suiza dejaron de tenerla.

Pero más allá de cuanto ellos hagan, no es la línea de bandera la que hace a un país serio, sino un país serio el que hace a la línea de bandera.

Gracias a los K y a la gestión de Mariano Recalde, Aerolíneas Argentina pierde dos millones de dólares por día. Que pagamos todos. Los que usan aviones siempre. Los que los usan de vez en cuando. Los que nunca los usan y los que parece que jamás los usarán.

¿Entonces? Entonces, política de cielos abiertos. Competencia para todo el mundo y que subsistan los mejores.

Luis Domenianni

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