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Corre el reloj y el pasado se aleja, llegó el momento de "Definir un rumbo"

1253 mm arangurenVFN - Más allá de cualquier aprovechamiento partidario, el interrogante que flota en el ambiente consiste en conocer las razones que llevaron al gobierno a cometer errores en la adecuación tarifaria que debía corregir el desastre heredado del kirchnerismo.

Sin ninguna duda, la responsabilidad principal recae sobre el presidente de la República, Mauricio Macri. Más aún si resulta verificable la aseveración –no desmentida- de algunos periodistas sobre el origen de la decisión que atribuyen al propio Macri, en contra de lo propuesto por el ministro Aranguren.

Luego sobrevinieron los intentos de “arreglar” el desaguisado y hoy el gobierno se encuentra contra las cuerdas con un kirchnerismo que logró movilizar alguna gente, con un peronismo que se reagrupa, con unos jueces que traban los aumentos y con una imprevisión que determina que las empresas no saben cuánto deben facturar.

Es malo desde lo energético, desde lo económico y desde lo político. A esta altura resulta casi inevitable retrotraer todo y recomenzar sobre bases completamente distintas.

Ocurre que el presidente quiso solucionar varios problemas de un plumazo y no solo no solucionó ninguno sino que los agravó.

El incremento inicial en las tarifas de electricidad y gas pareció perseguir tres objetivos: el de reducir el consumo, el de achicar el gasto público y el de fomentar las inversiones.

El gobierno imaginó una “carambola a tres bandas” que resulta de por sí muy difícil y que, en todo caso, no es prudente intentar cuando la experiencia en materia de gobierno es reciente.

Así, el consumo no se redujo. Por el contrario, fue alentado por unas condiciones meteorológicas de frío anticipado en el otoño y por una información atrasada en materia de gas.

Ahora, con la marcha atrás, en caso de prosperar el incremento máximo de un 400 por ciento, ocurrirá el efecto exactamente contrario. Es que dicho incremento máximo lleva a un incentivo al consumo para quienes gozan de una situación económica individual o familiar de solvencia.

En otras palabras, los que “andan en patas” y “visten remera” en pleno invierno dentro de sus hogares estarán en condiciones de incorporar más calefactores y de no reducir el consumo por las noches, dado que el máximo que se les debe incrementar en la factura es un 400 por ciento con relación a igual bimestre del año anterior.

En rigor, el error del gobierno –aún no subsanado- se debió, al menos en parte, a esa pasión argentina de hacer las cosas difíciles cuando no deberían resultar complicadas, si se tiene en claro hacia donde se apunta.

Era sencillo –lo escribimos en estas columnas, allá por marzo pasado- implementar una tarifa diferencial según consumo y sanseacabó. No, complicaron todo con incrementos incomprensibles que llevaron, en algunos casos –no, en todos- a superar el mil por ciento, mientras establecían una tarifa social que dependía de una certificación de pobreza.

Con una tarifa diferencial, el kilovatio o el metro cúbico –o BTU- de gas debieron presentar un precio distinto según la cantidad de consumo.

Posiblemente, para los consumos menores, inferiores a X kilovatios o BTU, debió continuar la tarifa subsidiada. De allí en más, el valor del kilovatio o el BTU debió incrementarse según una escala que resultase no tan grave para los consumos menores y muy dura para los altos consumos.

Por lo general, son los sectores más favorecidos de la sociedad quienes más consumen y lo contrario ocurre con los más postergados. Por tanto, todo se regulaba con una tarifa diferencial. Sencillo, pero no argentino.

Otro tanto debió ocurrir con los consumos de las empresas. Y otro tanto, aunque de mucho menor magnitud con las asociaciones sin fines de lucro, de manera de favorecer a los clubes de barrio o las sociedades de fomento.

Faltó experiencia. Se paga caro.

Corrupción

De cualquier forma, no resulta comparable. Los errores del gobierno –que no se limitan al problema de las tarifas-, ni por asomo, igualan a la asociación delictiva que resultó ser el kirchnerismo en el poder.

Ya estamos, lamentablemente, acostumbrados a De Vido, a José López, a Cristóbal López, a Lázaro Báez, a Amado Boudou, a Milagro Sala, a Hebe de Bonafini, a Aníbal Fernández, a Ricardo Echegaray, a los sobreprecios de la obra pública, al narcotráfico de efedrina, a las valijas con dólares, a los bolsos con dólares y euros.

Además de todo tipo de raterismo que incluye pasar facturas truchas en viajes.

Por supuesto, todo ello amparado y encabezado por los Kirchner: el fallecido Néstor y la superviviente Cristina.

Y estamos acostumbrados aunque falte mucho por descubrir y aunque los jueces continúen con la distracción y sin que inicien –salvo por la Tragedia de Estación Once- juicio oral y público contra nadie.

La corrupción K llega a tal extremo que solo con un poco de sorpresa y con un mínimo de consternación asistimos a la revelación del contagio del relativismo moral que supieron, relato de por medio, imponer.

Es que, a medida que la investigación avanza –no por la celeridad de la justicia- queda al descubierto la complicidad de un obispo, ya fallecido, y de unas monjas “demasiado distraídas” o “candorosamente ingenuas”.

Nadie en ese convento de General Rodríguez se sobresaltó cuando a horas inusuales llegó José López con bolsos que preanunciaban, cuando menos, una mudanza precipitada. Y tampoco produjo ningún sobresalto entre las “inocentes servidoras del Señor” la exhibición del fusil automático que se aprecia en la grabación de video.

El obispo de Mercedes, Agustín Radrizzani, también adepto al relato, sostiene, sin sonrojarse, que las monjas son inocentes ¿Por qué lo hace? ¿Alguna general de la ley, le corresponde? Mientras tanto, el Papa Francisco y sus múltiples voceros hacen mutis por el foro, aun cuando la iglesia aparece involucrada ¿Razones?

Y sí, el kirchnerismo compró y corrompió a otrora prestigiosas organizaciones de derechos humanos. Otro tanto, hizo con sectores de la Iglesia Católica. Y como si eso fuese poco, corrompió a sus propios hijos.

Cierto, los vástagos de Lázaro Báez son mayores de edad y, por ende, responsables de sus actos, pero no son ellos quienes mantenían la relación con Néstor Kirchner. A ellos, los involucró en la corrupción, su propio padre.

Y qué decir de Florencia Kirchner. Hasta aquí el corrupto era su hermano, el millonario –sin ocupación conocida hasta el 10 de diciembre pasado- Máximo Kirchner. Ahora es ella.

Por supuesto, con los K, la corrupción no viene sola. La rodea el desafío a la inteligencia. Relato contra racionalidad. Primero, fue el desafió de esta joven de 26 años al juez para que “abra inmediatamente las cajas de seguridad”. Un desafío que sonaba a “allí no tengo nada, o tan solo unos pocos pesos y alguna joya”.

Alguien, menos los adherentes K, estaría en condiciones de preguntarse cuál es la razón para que una joven de 26 años, sin empleo conocido, cuenta con varias cajas de seguridad y otras cajas de ahorro.

Vaya y pase. Pero alguien debería preguntarse, menos los K, como hizo para juntar semejante cantidad de dinero… en efectivo.

En el colmo del relato, esta chica desafió a la justicia a encontrar una bóveda bajo la cuna de su propia hija. Alguien debió decirle que no hace falta. Que en todo caso explique de donde salieron los 5 millones 700 mil dólares que guardaba.

Y alguien debía decirle que, por favor, no involucre a su propia hija bebé, como la madre ex presidente la involucró a ella.

Porque, a esta altura del partido, nadie “se chupa el dedo” con lo de la herencia de papá Néstor. Es tal la fábula al respecto que se trataría de una herencia no declarada encontrada varios años después. Y en todo caso, de donde sacó papá Néstor semejante suma de dinero.

Obvio que se trata de fondos de su madre provenientes de la corrupción. Es decir, Cristina Kirchner también usa a su hija y la involucra en su asociación ilícita.

Y la chica se presta. Suelta de cuerpo, sin jamás ruborizarse, dice que “la persecución de su familia viola todas las normas legales. ¿Y cuando pasó por alguna facultad de derecho?

La política

A esta altura del partido, el reacomodo de los otrora acompañantes del kirchnerismo da para todo.

Desde el acercamiento a Sergio Massa, él también integrante en su momento de la tropa K, nada menos que como jefe de gabinete de ministros de Cristina Kirchner y anteriormente como titular del ANSES, al pase liso y llano a Cambiemos, la coalición de gobierno.

Es el eterno reciclado peronista. Hoy de izquierda revolucionaria, mañana de derecha neoliberal, siempre populista.

Y, como siempre, existen diferencias según la tarea o el cargo que desempeñe a quien le corresponda “elegir”.

Si se es legislador, nacional, provincial o municipal, o simplemente dirigente no electo, entonces oposición. Cuanto más dura, mejor. Aunque sin caer en el extremo del kirchnerismo.

Es que “hasta allí llegó mi amor”. Nadie quiere que le recuerden su historia, menos aún la reciente. Y menos aún que lo involucren con la corrupción K.

Ahora bien, si el involucrado es intendente o gobernador. Es decir si debe administrar, entonces su posición política muestra matices diferentes. O suma para el lado del gobierno. O guarda una buena relación que le asegure ayuda en caso de dificultades, por ejemplo, para pagar sueldos.

No está mal. La política muestra mil vueltas como muestran otras tantas actividades. Vueltas que no deben ser acreedoras de aplausos pero que siempre ocurren.

Con todo, los reacomodamientos dejan en evidencia dos interrogantes. El primero, si el gobierno saca provecho de los pases. El segundo, si la oposición es capaz de resolver en el corto plazo sus diferencias.

Al menos parte del gobierno de Cambiemos intenta atraer peronistas a su redil. En particular, en la provincia de Buenos Aires, con algunos intendentes que saltan al oficialismo.

Obviamente, esos saltos conducen a crujidos internos dentro de la coalición Cambiemos. Sobre todo en la localización geográfica donde ocurren.

Pero, más allá de cuestiones locales, la duda es si el precio a pagar es correcto. Quienes desconfían señalan que si al gobierno le va bien, es decir si la inflación baja y el crecimiento comienza, la incorporación de peronistas es un precio alto para una elección –la del 2017- que ya estaría, de todas formas, ganada.

Por el contrario, si la cosa no va bien, así como llegaron, se irán y su aporte electoral será inexistente.

Otra explicación para esta especie de alquimia consiste en asegurar cierta paz social al gobierno mientras no se verifican las preanunciadas mejoras del segundo semestre.

Del lado opositor, el reacomodo no es sencillo. Por un lado, por el afán oficialista que históricamente exhibe el peronismo. Por el otro, por la difícil convivencia entre renovadores y pejotistas, con el fantasma del kirchnerismo que asume las posiciones más duras.

La síntesis no resultará fácil de lograr.

Economía

El blanqueo es la gran carta del gobierno para enderezar la economía durante el segundo semestre que recién comienza.

De momento, no queda otra. Las inversiones no llegan. En realidad fue incorrecto –o inexperto- esperarlas con ansiedad.

Cierto, el actual gobierno hizo los deberes para reconciliarse con el mundo y no aparecer como un país paria. Pero 12 años de cesación de pagos no se olvidan de un día para el otro. Menos aun cuando esa cesación era aplaudida por la mayoría del pueblo argentino.´

De allí que, en el corto plazo, parece demasiado voluntarista contar con inversiones a granel, aunque algunas comienzan a producirse.

Por tanto, la reactivación de la demanda interna solo puede provenir del volumen que adquiera el blanqueo, parte de cuyo producido será utilizado para reparar la estafa “legal” cometida por el kirchnerismo contra los jubilados.

Si el blanqueo es exitoso, el gobierno encarará el esperado plan de obras pública con recursos genuinos. Algo que es de desear.

Mientras tanto la inflación sigue su curso. Con un gasto público que no se reduce y con un déficit fiscal que no se achica, solo la recesión logra que el incremento de precios tienda –aunque con lentitud- a la baja.

Claro que las demandas salariales, en particular la de los privilegiados gremios estatales y la subsistencia de subsidios a las tarifas, limitan cualquier esfuerzo anti inflacionario.

Solo la tasa de interés del Banco Central queda como herramienta para el combate contra la inflación, habida cuenta que se trata de una herramienta recesiva.

Tal vez llegó la hora de repensar, con más realismo y menos voluntarismo, a la economía. Hace falta un rumbo. Algo que difícilmente se logre con una media docena de ministros involucrados en el tema.

 Luis Domenianni              

               

                

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