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Indios pueblos, y sus antiguas tradiciones y leyendas

indios bailandoCyA - La viejas tradiciones, de los originarios, suelen quedar limitadas al conocimiento de quienes urgan entre viejos libros, muchas veces, mezclados en las desordenadas mesas de las antiguas librerías que subsisten por la Av. Corrientes, allí suele sumergirse Patricio Fleurquin, que impulsado por su afan de revivir antiguas leyendas ha comenzado a traducir una serie de ellas, hoy nos una historia, "los valientes Colas-Cortas" de los indios pueblos.

Los valientes Colas-Cortas
En los viejos tiempos, aquí en Shi-eh-whíb-bak, vivía un joven cuyo nombre era T'hur-hlóh-ah, la Flecha del Sol. No era un Tiwa, sino un Ute, pero había sido adoptado por los Tiwas durante una guerra cuando era un niño. Los guerreros lo llevaron a la aldea y una abuela muy pobre lo adoptó como hijo propio y lo crió y lo amó mucho, y le enseñó las labores de un hombre. Ya siendo un joven, era un cazador talentoso, pero era de corazón tan bondadoso que amaba a los animales como hermanos, y todos los animales lo amaban a él. Cuando salía a cazar, abandonaba su primera presa para que la comiesen sus amigos animales. A veces era Kim-i-deh, el rey de las cuatro patas, quien llegaba a disfrutar el festín que Flecha del Sol le había preparado; otras veces era Kahr-naí-deh, el Tejón, quien es el más hábil cavando, y quien les había enseñado a los antiguos a hacer sus cavernas; otras veces eran los animales pequeños. Y todos estaban agradecidos con él, ya que nadie más que él se tomaba el trabajo de alimentarlos.

La Abuela de Flecha de Sol jamás dejaba que él fuera a la guerra, temiendo por su vida. Esto causaba la risa de todos los demás muchachos, ya que nunca había tomado la “sagrada corteza del roble”. Y mientras los otros bailaban en ronda, él debía permanecer parado, solo. Él estaba muy avergonzado y había jurado que probaría ser un hombre; y tomando secretamente su arco, flechas y su cuchillo-trueno, salió una noche solo y cruzó las Montañas Pluma de Águila.

Por ese entonces siempre había constantes guerras con los Comanches, quienes vivían en las planicies. Muchas veces cruzaban las montañas y atacaban a los Isletas por las noches, matando a muchos. Su jefe era P'i-kú-i-fa-yíd-deh, Cabellera Roja, el hombre más alto, fuerte y valiente de todos. Durante muchos años, todos los guerreros de Isleta habían tratado de matarlo, ya que era el principal jefe guerrero. Pero él mataba a todo el que se le acercase. Él era muy valiente y pintaba su cabellera roja con páh-ri, para que lo reconocieran desde lejos. Y dejaba su cabellera larga y bien trenzada, para que sus enemigos pudieran agarrarla bien.

En la montaña Flecha del Sol se topó con este gran guerrero, y con la ayuda de Anciana Mujer Araña, lo mató y tomó su cabellera. Cuando el pueblo de Isleta vio volver a Flecha del Sol, los jóvenes comenzaron a reírse y decir:

“¡T'hur-hlóh-ah ha ido a pelear una guerra contra los conejos!”

Pero cuando llegó a la plaza, sin decir palabra, y todos vieron esa “corteza de roble” que todos conocían, comenzaron a gritar:

“¡Vengan a ver! ¡Aquí está Flecha del Sol, de quien se rieron, y ahora trae la corteza de Cabellera Roja, quienes los más valientes han tratado en vano de matar!”

Luego de llevar la cabellera ante el Cacique, bailaron en ronda la Danza de las Cabelleras. Y luego de los días de purificación, Flecha del Sol fue nombrado el guerrero más valiente de los Tigua y el segundo jefe después del Cacique. Todos los que tenían hijas lo miraban con buenos ojos, y todas las muchachas querían cazarse con este valiente guerrero. Pero él no tenía ojos más que para la hija menor del Cacique, a la que amaba. Una vez que la abuela hubo hablado con el Cacique y acordado con él, unieron a los dos jóvenes y les dieron de comer el maíz matrimonial, a Flecha del Sol una mazorca de maíz azul y a ella una mazorca de maíz blanco, ya que el corazón de las doncellas es más blanco que el de los hombres. Cuando los dos hubieron comido cada grano del maíz crudo, los ancianos anunciaron:

“¡Muy bien! Ambos se aman. Ahora, que corran la carrera matrimonial”.

Todo el pueblo se reunió allí donde fueron quemadas las cenizas de los malignos que fueron quemados cuando en Niño Antílope ganó su carrera. Y los ancianos marcaron la ruta de casi cinco kilómetros hasta la sagrada colina de arena junto al Kú-mai. Cuando dieron la largada, Flecha del Sol y su esposa salieron corriendo como dos jóvenes antílopes, uno junto al otro. Hasta el Sitio de la Campana fueron y volvieron, y cuando llegaron de vuelta donde aguardaba el pueblo, gritaron:

“¡Muy bien! ¡I-eh-chah ganó su esposo, y siempre será honrada en su hogar!”

Así cumplieron con los rituales ceremoniales del casamiento, y el Cacique los bendijo. Construyeron una casa junto a la plaza, y se le entregaron unas tierras a Flecha del Sol para que cultivara.

Pero entre las muchachas había una que no perdonaba a Flecha del Sol por no escogerla, y por dentro planeaba vengarse de él. Así que fue en busca de una Mujer Araña y le pidió:

“¡Abuela, ayúdame! Este hombre me ha despreciado, y ahora lo pagará”.

La Mujer Araña confeccionó un bastón de rezo embrujado con plumas del pájaro carpintero, habló con los espíritus, y luego le dijo a la muchacha:

“Muy bien, hija, yo te ayudaré. Llévate este Sapo, y entiérralo en el piso de tu casa, de esta manera, y luego invita a T'hur-hlóh-ah a tu casa”

La muchacha hizo el agujero en su casa y enterró a P'ah-fu-i-deh, el Sapo. Luego se dirigió hasta Flecha del Sol y le dijo:

“Amigo T'hur-hlóh-ah, ven a mi casa un segundo que tengo algo para decirte”.

Pero cuando Flecha del Sol se sentó en su casa con los pies cerca del hoyo en el piso, el sapo repentinamente creció y creció y se comenzó a tragarlo. Flecha del Sol pateó y luchó, pero no pudo hacer nada, y en un segundo ya tenía las rodillas dentro de su boca. Llamó a los gritos a su esposa, y todo el pueblo Tiwa llegó corriendo con ella. Cuando lo vieron en esa situación, entristecieron. I-eh-chah lo tomó de una mano y su abuela de la otra, y todos trataron de ayudarlo. Pero unidos no podían con la fuerza del Gran Sapo. Siguió tragándolo hasta que solo le quedaba medio cuerpo afuera. Entonces Flecha del Sol dijo:

“Vete, esposa. Váyanse todos, porque es en vano. Váyanse de aquí, porque no me verán más. Y recen a los Verdaderos para que me ayuden”.

Todos salieron, lamentándose enormemente.

En ese momento apareció Shi-íd-deh, el Ratón de la Casa, saliendo de su agujero. Y viendo a Flecha del Sol, se acercó y le dijo entre lágrimas:

“¡Oh, amigo Flecha del Sol! Tú has sido como un padre para todos nosotros. Tú nos has alimentado y has demostrado ser valiente. No mereces que te suceda esto. Y nosotros, por quienes te has preocupado, ¡te ayudaremos!”

Entonces Shi-íd-deh salió de la casa y buscó al Perro, y le contó lo que sucedía. Y Kui-ah-níd-deh, quien poseía una gran voz, salió a las planicies, llamando a todos los animales, quienes llegaron corriendo desde todas direcciones. Muy pronto los pájaros y los cuatro patas se reunieron en consejo en el cuarto donde estaba Flecha del Sol. El León Montañés era el jefe, y cuando los hubo escuchado a todos, dijo:

“Ahora, cada tribu que elija al más joven y fuerte para ayudar a aquel que nos ha alimentado, porque no podemos dejarlo que muera”.

Una vez que cada especie de los que caminan o vuelan eligió al más fuerte, Kim-i-deh los fue llamando por sus nombres para que intentaran ayudarlo por turnos.

“¡Ku-ah-raí-deh!”, llamó al Azulejo de las montañas, quien se acercó a Flecha del Sol, a quien el gran Sapo ya había tragado hasta las axilas.

Flecha del Sol tomó su cola con las dos manos y voló con todas sus fuerzas, sin importarle el dolor que le causaba, hasta que su cola se desprendió. Pero Flecha del Sol no se movió ni un pelo.

Luego fue el turno del jefe Ku-íd-deh, el Oso. Le dio su cola a Flecha del Sol para que la tomase, y contó hasta tres y tiró con todas sus fuerzas hasta que su cola se desprendió, pero Flecha del Sol siguió sin salir de la boca del gran Sapo.

Luego fue el turno del Coyote.

“Mis orejas son más fuertes”, dijo, aunque lo hizo de cobarde, por miedo a perder su bella cola, de la cual estaba orgulloso.

Le dio sus orejas a Flecha del Sol para que las tomara y comenzó a tirar hacia atrás. Pero pronto cedió por el dolor y se detuvo cuando sus orejas se estiraron.

“Ahora es tu turno, Kahr-naí-deh”, dijo el León Montañés.

Y el Tejón se acercó a probar. Primero cavó alrededor de Flecha del Sol y luego le dio su cola para que la tomara. Contó hasta tres y tiró con todas sus fuerzas, hasta que su cola se desprendió, y Flecha del Sol se movió un poco. Pero el Tejón no temía al dolor, y dijo:

“Déjenme probar de nuevo, Kah-Báy-deh, jefe”.

“¡Muy bien!”, dijo el León Montañés, “que así sea”.

Entonces el Tejón cavó otra vez y le dio lo que le quedaba de su cola a Flecha del Sol. Esta vez consiguió moverlo otro poco. Pero el pedacito de cola se le escapó de las manos, porque había quedado muy corta.

“Agárrate de mí”, dijo el Tejón, cuando cavó por tercera vez.

Flecha del Sol tomó su cuerpo por detrás de sus patas traseras. Y por tercera vez Kahr-naí-deh tiró con tanta fuerza que esta vez arrastró a Flecha del Sol fuera de la boca del Sapo. En ese momento, todos los animales se lanzaron sobre el Sapo malvado y lo mataron. Y Agradecieron a los Superiores por la liberación de su amigo.

Luego de la oración, Flecha del Sol agradeció a los animales, uno por uno, y al Azulejo, al Oso y al Tejón les dijo:

“Amigos, ¿cómo puedo agradecerles lo que han sufrido por mí? ¿Cómo puedo retribuirles su ayuda, y por sus colas que perdieron?”

Pero al Coyote no le dedicó ni una sola palabra. Luego habló el Tejón:

“Amigo T'hur-hlóh-ah, en cuanto a mi, siempre me has ayudado. Me has alimentado, y has sido como un padre. No necesito pagarte por la cola que he perdido”.

Y el Oso y el Azulejo contestaron lo mismo.

Flecha del Sol les agradeció enormemente, y cada uno se marchó a sus hogares. Flecha Larga se dirigió a la casa medicinal en donde los Tigua bailaban e invocaban la ayuda de los Verdaderos para salvarlo, y al verlo entrar, su esposa corrió a abrazarlo y todo el pueblo agradeció a los Verdaderos.

Flecha del Sol les contó lo sucedido. El jefe hombre medicina miró dentro del cántaro mágico y vio a la muchacha vengativa pagarle a la Mujer Araña. Y los Cum-pah-whít-la-wen, los Guardianes armados de la casa medicinal, salieron con sus arcos y flechas y trajeron a la muchacha. Recibió el castigo que se le da a los que andan “por el camino del mal”. En cuanto a la Mujer Araña, ya estaba arrepentida y llena de vergüenza por sus actos, porque sabía todo lo que había sucedido.

Luego de un tiempo, su suegro, el Cacique, murió. Y Flecha del Sol fue nombrado Cacique de la tribu. Y lo fue durante muchos años, auspiciando bienestar entre su pueblo con su gran sabiduría.

En cuanto al Oso, al Tejón y al Azulejo, nunca fueron con los hombres medicina de sus tribus para que hicieran crecer nuevamente sus colas, ya que era prueba de la valentía que habían tenido para con Flecha del Sol. Y hasta el día de hoy tienen colas cortas y son honrados por todos los animales y por los Verdaderos Creyentes. Pero Tu-wháy-deh, el cobarde Coyote que no quiso lastimarse, es el hazmerreír de los animales porque no puede echar sus orejas para atrás como el resto de las bestias, sino que siempre permanecen paradas.
Fuente:Publicado por Meu Francia Piltriquitrón  Enviar por correo electrónico
Etiquetas: Charles Lummis (1910), Isleta Pueblo, Pueblo Indians Folk Stories
Traducciones Patricio Fleurquin/www.visionfederal.com

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